LA MUERTE ENAMORADA

LA MUERTE ENAMORADA

La Muerte no tenía nombre.

Nunca lo necesitó.

Los nombres son para quienes pueden perderlos.

Ella era función.

Ritmo.

Punto final.

Llegaba cuando tocaba.

Ni antes ni después.

Cortaba el hilo con la precisión de quien jamás duda

y se iba

sin mirar atrás.

Hasta que una noche

no llegó por trabajo.

La ciudad estaba medio dormida.

Luces cansadas.

Perros pensando en nada.

Y Don Rizo sentado en una banca,

con una chela tibia

y la cabeza llena de recuerdos que no pedían permiso.

Ella se sentó a su lado

como se sienta el cansancio.

Sin ruido.

Sin sombra exagerada.

Sin anuncio celestial.

—¿Vienes por mí? —preguntó él, sin voltear.

La Muerte lo observó.

Esperaba temblor.

Esperaba pánico.

Esperaba ese olor a despedida.

—No hoy —dijo.

El silencio cayó entre los dos

como una cobija vieja.

—Entonces siéntate bien —agregó Don Rizo—.

Si vas a estar aquí, no te quedes a medias.

Ella frunció el ceño.

Nadie le hablaba así.

A ella se le rogaba.

Se le insultaba.

Se le rezaba con palabras mal aprendidas.

—No deberías estar tan tranquilo —dijo ella.

—No estoy tranquilo —respondió él—.

Nomás ya me cansé de correr.

Eso fue nuevo.

No súplica.

No valentía falsa.

Cansancio honesto.

Desde esa noche,

la Muerte empezó a llegar temprano.

No por expediente.

No por destino.

Por costumbre.

Se sentaba cerca.

Nunca demasiado.

Lo veía escribir como quien se arranca capas.

Palabras torcidas.

Verdades sin maquillaje.

—Escribes como si nadie fuera a leerte —dijo ella una vez.

—Escribo para no cargarlo todo yo —contestó él.

Lo vio amar

con miedo

pero sin cinismo.

Entregarse sin garantía.

Reírse cuando la vida le daba en la boca.

Cagarla.

Aceptar la culpa sin hacerla drama.

—Si supieras cuántos he visto —murmuró ella.

—Y aquí sigues —la interrumpió él—.

Algo debo tener.

La Muerte guardó silencio.

No estaba acostumbrada a que le respondieran así.

—No te tengo permitido —dijo después.

—Nunca pedí permiso —sonrió Don Rizo.

Eso fue peligroso.

No la sonrisa.

La calma.

Ella empezó a entender algo que no figuraba en los libros:

esperar.

—¿No te da miedo encariñarte con alguien que se te va a ir? —preguntó ella una madrugada.

Don Rizo tardó en contestar.

Miraba el cielo como si buscara una grieta.

—Me da más miedo no hacerlo nunca.

Arriba empezaron a notarlo.

—Estás retrasando cosas.

—Estás rompiendo el orden.

—Te estás involucrando demasiado.

—No —respondió ella—.

Estoy cuidando.

—Ese no es tu trabajo.

—Tal vez por eso importa.

La Muerte se enamoró sin tocar.

Sin prometer.

Sin salvar.

Porque amar a un humano

no es llevárselo…

es respetar su tiempo.

A veces Don Rizo la sentía y hablaba sin verla.

—Cuando me toque, avísame con tiempo.

—No funciona así —decía ella.

—Ya sé —respondía él—, pero por si se puede.

Ella sonreía en silencio.

Aprendiendo gestos que no necesitaban rostro.

Una noche él preguntó:

—¿Qué se siente ser eterna?

La Muerte miró sus propias manos.

—Vacío.

Hasta que alguien te mira como si no fueras final…

sino compañía.

Don Rizo no respondió.

Solo alzó la chela.

—Pues acompaña bien —dijo—.

Que para finales, ya habrá tiempo.

Y cada noche,

cuando él se quedaba solo,

cuando la ciudad bajaba la voz,

la Muerte pensaba lo mismo:

No hoy.

Todavía no.

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