
En un pequeño pueblo llamado San Tortilla de las Mil Salsas, existía una humilde cocina comunitaria donde el comal, viejo y chamuscado, era el rey absoluto. Este comal, al que todos llamaban “Don Comalito”, era una leyenda. Decían que tenía más batallas que un luchador retirado: había aguantado tortillas quemadas, tamales reventados y hasta un intento de fritanga mal lograda. Pero lo que nadie sabía era que Don Comalito estaba cansado. Cansado de los malos tratos, las manos descuidadas y el eterno abuso de aceite.
Una tarde, mientras Doña Chona intentaba hacer sus famosas quesadillas de flor de calabaza, Don Comalito se hartó. Cuando el primer queso empezó a derretirse, lanzó un crujido que retumbó en toda la cocina.
—¡Basta ya! No pienso seguir soportando esta vida de quemaduras y grasa. ¡Estoy en huelga!
Doña Chona casi se cae de espaldas.
—¡Ay, Diosito santo, ahora sí ya me volví loca! ¡El comal está hablando!
Don Comalito, más ofendido que un mole sin chocolate, respondió:
—¡No loca, señora, simplemente nunca me había escuchado! Llevo años aguantando tus descuidos: me dejas en la lumbre sin tortillas, me echas salsas que ni sabes preparar, ¡y ni hablar de las veces que me han fregado con ese zacate áspero!
Los utensilios de la cocina se quedaron en silencio. La cuchara de palo miró al sartén, el molcajete se acomodó discretamente, y la licuadora, siempre chismosa, murmuró:
—Esto se va a poner bueno.
Doña Chona, recuperando el aliento, cruzó los brazos.
—A ver, a ver, Don Comalito, ¿qué es lo que quieres? ¡No me vengas con berrinches que tengo tortillas que hacer!
—¡Quiero vacaciones! —declaró el comal con voz firme—. Estoy cansado de ser explotado. Quiero descansar, que me den mi limpieza con aceite, y que, por una vez en la vida, no me dejen encima de la estufa todo el día.
Doña Chona bufó, pero los demás utensilios empezaron a apoyar al comal. La olla gritó:
—¡Es cierto, a mí también me tienen hasta el tope! Siempre me dejan con pozole pegado, ¡y ni una remojada decente me dan!
La licuadora se sumó:
—¿Y yo qué? ¿No cuentan las veces que me usan para salsas y luego me dejan oliendo a ajo por semanas? ¡Esto es una dictadura culinaria!
Pronto, toda la cocina se unió en coro. La jarra de barro, el cuchillo mellado, incluso el miserable escurridor de platos empezaron a exigir derechos. Doña Chona, abrumada, trató de calmar el caos.
—¡Bueno, ya basta! Si quieren vacaciones, ¡me voy a quedar sin cocinar! ¿Quién va a hacer las tortillas?
Don Comalito se rió.
—¡Ese no es mi problema, señora! Vaya al mercado y compre de las empaquetadas si tiene tanta prisa.
Doña Chona, humillada por su propio comal, decidió aceptar la huelga. Durante una semana, compró comida hecha y soportó las miradas juzgonas de las vecinas. Pero al octavo día, después de unos tacos que sabían a cartón mojado, Doña Chona no pudo más. Regresó a la cocina con un aceite fresco, un zacate nuevo y una disculpa en los labios.
—Está bien, Don Comalito, ganaste. Te voy a cuidar mejor.
Don Comalito aceptó el trato y volvió a trabajar, pero con la condición de tener un descanso cada domingo. Desde entonces, en San Tortilla de las Mil Salsas, nadie vuelve a tratar mal a sus utensilios, porque si algo quedó claro es que hasta el comal más humilde tiene su límite.